
Un hombre de 41 años intentó suicidarse este jueves lanzándose al vacío desde un balcón del Parlamento rumano, en protesta por los recortes sociales aprobados por el Gobierno. Si esto hubiera ocurrido en Cuba, la noticia se habría repetido una y mil veces en todas las televisiones y medios de comunicación, explicando que la gente se suicidaba ante la opresión del régimen comunista. Pero como esto pasa bajo el régimen capitalista, el silencio mediático se impone.
El frustrado suicida, un técnico de la televisión pública, que convalece hospitalariamente con múltiples traumatismos, gritó antes de lanzarse al vacío: “habéis quitado el pan a mis hijos”. Con uno de ellos autista, acababa de enterarse que la ayuda social que recibía había sido suspendida por el gobierno en el marco de la más reciente medida aplicada de un paquete acordado con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que incluyen la reducción de los salarios públicos en un 25% y la subida del IVA del 19 al 24%, para que el país pueda seguir endeudándose con un crédito internacional de 20.000 millones de dólares.
Conservadores, liberales y socialdemócratas se pelean por competir en esta loca carrera para ver quién adelgaza y suprime más los sistemas de protección y solidaridad que afectan a la mayoría, para salvaguardar el sistema financiero y las leyes del mercado que benefician a la misma minoría de siempre. Como dice Jean Ziegler, en su último libro El odio a Occidente, son las bolsas las que deciden quién vive y quién muere. Actualmente pueden comer 12.000 millones de personas, el doble de la población mundial. Pero cada cinco segundos, un niño o niña menor de 10 años muere de hambre. ¡Esto es un asesinato!, se indigna. Pero para estos niños y niñas, para el cólera de Haití, para el hambre del mundo, para el paro galopante en Occidente, para los parados o para la subida del salario mínimo interprofesional nunca hay dinero, nunca hay posibilidad de rescate. Sólo hay cientos de miles de millones para rescatar a los banqueros y financieros que pusieron el dinero de nuestros ahorros en paraísos fiscales y en miles de sociedades interpuestas y declararon a continuación la quiebra de sus grandes bancos y multinacionales.
¿Es honesto reducir las compensaciones a los trabajadores despedidos mientras se mantienen desproporcionadas indemnizaciones a los ejecutivos empresariales y a los cargos públicos que cesan? ¿Es imposible subir impuestos al capital, al patrimonio y la especulación bursátil mientras se sube el IVA y las retenciones a los trabajadores y trabajadoras por cuenta ajena? ¿Por qué hemos de bajar prestaciones en sanidad y educación mientras aumentan las subvenciones del Estado a colegios y clínicas concertadas? ¿Por qué es más urgente blindar la propiedad intelectual que la vivienda de los que pasan apuros? No es de extrañar que, en estas condiciones, el índice de suicidios en Corea y en Tailandia haya aumentado increíblemente. Se suicidan y matan a sus familias: en estos países, donde los trabajadores y las trabajadoras ya no tienen ningún tipo de esperanza, se denomina a estas muertes ‘suicidios FMI’.
Es una dictadura de las corporaciones empresariales y financieras que están aprovechando esta crisis especulativa para acabar con el Estado del bienestar, agravando la pobreza que sufren cada vez más familias, mediante reformas apadrinadas por los propios gobiernos conservadores y socialdemócratas.
Por eso es escandaloso que nuestros dirigentes democráticamente elegidos gobiernen en favor de especuladores financieros internacionales y nacionales, con la excusa de dar confianza a “los mercados”, en lugar de enfrentarse a ellos como ha hecho el pueblo de Islandia, denunciando y juzgando a sus banqueros delincuentes. Por eso es también preocupante nuestro silencio. El silencio de esa clase media, que estamos preocupados por nuestro futuro, y empezamos a invertir nuestros ahorros en acciones. Nos hemos embarcado en el denominado ‘capitalismo popular’ que hace que estemos más atentos a seguir las cotizaciones de la Bolsa que a informarnos de la situación de la población en el mundo que nos rodea. Pasamos a formar parte de la estructura que acabamos contribuyendo a mantener con nuestra complicidad. Si nos sentimos parte del sistema, si tenemos algo que perder con su quiebra, aunque sea una miseria, nuestra fidelidad está asegurada. La estabilidad de este sistema capitalista se asienta así sobre la proporción de la población que ha conseguido lo suficiente para darnos la esperanza de que puedan llegar a tener más: A los que les va bien, quieren que les vaya mejor. Los que tienen suficiente, desean tener más… Por eso proclamaba Gandhi: “no me asusta la maldad de los malos, me aterroriza la indiferencia de los buenos”. No nos engañemos, el dinero no se destruye ni desaparece. Se concentra, y cada vez más, en las manos de unos pocos. Por eso la salida de la pobreza pasa por la erradicación de la riqueza: hacer pagar la crisis a sus causantes, estableciendo un Impuesto a las Transacciones Financieras. Haciendo subir los ingresos públicos con más impuestos directos a quienes más tienen y especulan, acabando con el fraude fiscal y los paraísos fiscales, la defensa de una banca pública, un sistema público de pensiones y un Estado Social que garantice la universalización de los derechos sociales exigible por Ley. Apostando por un nuevo modelo productivo y de organización del trabajo basado en la sostenibilidad social y el decrecimiento medioambiental. Y esto no se va a producir espontánea y naturalmente sin nuestra lucha decidida por las conquistas sociales duramente arrancadas al poder en estos años. Porque ahora se han invertido las tornas como proclama el famoso especulador y multimillonario Warren Buffett: “La guerra de clases existe, es un hecho, pero es la mía, los ricos, que lleva a cabo esta guerra y la estamos ganando”. De nosotros y nosotras depende el futuro de nuestros hijos e hijas y el tipo de humanidad que heredarán.
Editor del Norte
Me gusta:
Sé el primero en decir que te gusta esta post.
Nos escriben...