Por Carlos Taibo
La primera de esas visiones –la que hago mía-– parte de la certeza de que el capitalismo, en un estado de corrosión terminal, ha perdido dramáticamente los frenos de emergencia que en el pasado, y en diversas circunstancias, le permitieron salvar la cara. No sólo eso: ha dejado de ser el sistema eficiente
–explotador, injusto y excluyente, sí, pero al tiempo eficiente– que fue en el pasado. Y es que lo que ahora está en juego no es sólo la dimensión de explotación históricamente vinculada con la lógica del capitalismo: a esa dimensión se suman las secuelas de un sistema que, de siempre depredador y despilfarrador, ha acabado por lesionar gravemente los derechos de las generaciones venideras. Así las cosas, el crecimiento económico del que nuestros patéticos gobernantes se reclaman, se acompaña de retrocesos dramáticos en materia de cohesión social, de agresiones medioambientales sin cuento,de activos procesos de agotamiento de los recursos y de fórmulas
inéditas de feroz explotación de los países pobres. Todo lo anterior es fácil de percibir una vez se le otorga un significado múltiple a la palabra “crisis” y se elude la rápida y mecánica identificación de ésta con lo “financiero” para incorporar una consideración seria de fenómenos tan lacerantes como el
cambio climático, el encarecimiento inevitable de los precios de la mayoría de las materias primas energéticas que empleamos, el deterioro planetario de la condición de las mujeres o la prosecución del expolio de los recursos humanos y materiales de los países del Sur. (…) CONTINUA…
Editor del Norte



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